Ya todo da igual, ya nada importa.
Todos los días son iguales, pero no es por un él, no es por un qué, no es por un cómo. Aquí no hay atributo, no hay razón, sólo es.
Todo da igual, nada importa, porque nada es suficientemente importante, ni suficientemente hiriente, nada enfada, nada alegra, nada entristece, nada sorprende. Todo es. Y ya.
Es lo más agotador de todo, el mero ser, el eterno estado de nubosidad gris y encierro entre cortinas de seda que no ves, sólo te envuelven, todo el universo queda invadido por ese “plein air” grisáceo que Casas le puso a su Madeleine, pero quien sabe, quizá a él también le daba todo igual.
Por eso no escribo, porque no hay nada que decir, porque la luminosidad del llanto, la plenitud de una sonrisa, ya no existen, se han borrado, no me importan, no están. Ahora ya todo da igual.
No echo de menos a “nadie”, simplemente vivo con saber que le perdí, y no me importa, no hago nada para recuperarle, porque me da igual, me dan igual las jotas, las íes, y las demás letras que empiecen los nombres de los que estén por venir, antes me dolía porque les dejaba pasar, ahora…
…me dan igual…
