El martes empieza todo otra vez. Cafés frenéticos de cinco minutos, miradas fugaces con desconocidos en el metro, exámenes, clases, gente, risas, carcajadas, cigarrillos, facultades, autobuses, gastos incontrolados, comidas a deshora. Descontrol, tacones, vaqueros ajustados, maquillarme todos los días, trabajos, lecturas obligatorias, tutorías, clases particulares, buscar trabajos compatibles, ansiedad…´
Mi escondite en el que he pasado el último mes, lleno de libros, de música, de miradas al horizonte, de sol reflejándose en mi cuerpo, de largos en la piscina, de sumergirme bajo el agua y no oír nada, de té helado en el jardín, de planes tranquilos, de no tener que salir los fines de semana porque podía hacerlo el resto de los días, de los desayunos en el Vips, de las noches calurosas en las que no sabía si estaba dormida o desmayada, de no tener ningún punto al que llegar, de pensar.
Sobretodo de pensar.
Mi piel está un poco más morena ahora que creo saber lo que busco, lo que he buscado siempre, ahora que simplemente puedo seleccionar el botón en la máquina de café y que éste salga como a mí me gusta. Ahora que lo sí, todo parece mucho más evidente pero también es mucho más predecible, ni siquiera voy a molestarme en quedar, en salir, en probar, lo sé a primera vista, no me da vuelcos el corazón no sonrío al recordar el día anterior, no fluyo en una nube sin tener que mover los pies para caminar. Pero me da igual, porque ahora se que botón tengo que pulsar, café con leche. No hay medias tintas no hay nada que no pueda controlar, y aun así estoy tan descontrolada…
Yo quiero dar vueltas en un mar de emociones que no pueda solucionar por mucho que las piense, quiero flotar pensando en la persona en concreto quiero tanta pasión que la palabra pasión se nos quede pequeña, no quiero nada de lo que tengo ni de lo que he tenido, porque no es suficiente, se me queda pequeño, abarca tan poco que ni siquiera podrías verlo sin lupa, quiero girar quiero marearme, quiero dar vueltas y ver como mi vestido hace círculos, quiero vuelo en todas mis faldas, quiero drama y comedia, quiero lágrimas y sonrisas, quiero saltar, quiero reír, quiero hacer imitaciones absurdas que no lleven a ninguna ‘parte, quiero ataques de risa que me hagan acabar en el suelo, quiero una conversación que sea interesante porque me parece interesante, quiero querer, quiero palpitar a cada segundo que pase en ese trance como si todo Madrid pudiera oírlo.
Y me da igual que eso dure una tarde, seis meses, o tres años, porque sólo habiéndolo experimentado podré morir tranquila.
